Sobre la hora

Por Juan Carlos Rotter.

Antes que nada, hay que pedirle disculpas a los consumidores de noticias por haberlos confundido con las adivinanzas de a quien se parecía más Milei, si al Carlo o a Néstor. Sin herir el amor propio libertario si hablamos de acorralar a la presa Javier al lado de ellos es un exigido aprendiz. Y con Cristina aparte de la atracción por el “vamos por todo”, con el debido respeto estimado lector permítame una salvedad, del Congreso manejado a control remoto al desgaste sufrido en Diputados, la diferencia por el momento es significativa. Otra, no se entrega así nomás a un leal funcionario por más cuatro de copas que este sea. Y mas no habiendo pagado el primer traje. El enfrentamiento entre las fuerzas del cielo y de la tierra nos mantuvo entretenidos hasta la pitada final. Fue un dos a uno, con ayudin incluido. Lo importante es que se pudo mantener a flote la siempre vigente consigna argenta “la mía esta”. Todos y todas se llevaron algún souvenir del maratónico evento. Con el resultado puesto el referente de las fuerzas del cielo nos sigue desconcertando. Es difícil etiquetarlo por todas y cada una de las facetas que nos muestra a diario. Ya sabemos de su cualidad de patear con las dos gambas, pero en esta atrapante aventura que lo tiene como protagonista indiscutido nos puede llevar puestos a todos si el experimento termina fallando. Esta vez el líder libertario tuvo que darse un baño de realidad con gran disgusto y amenazas de por medio. Se produjeron concesiones de buena parte de su criatura, la mega ley ómnibus, que le pueda permitir alcanzar el déficit 0. Su objetivo y su supervivencia política. De cualquier manera, queda en claro que el ajuste será compartido por la nación y las provincias. Cuanto peso el enojo de los gobernadores o la presión del paro de la CGT a los legisladores no lo sabremos. La Argentina atraviesa mucho más que una crisis económica y revertirla le corresponde a un presidente con menos fortaleza legislativa desde 1983. Una primera lectura seria lo que motivo a Milei a acelerar y acaso a sobreactuar las decisiones tomadas, con la mega ley de por medio, muchas de las cuales provocan una resistencia inusitada. Acá hay un tiro a dos bandas por parte de la administración Milei, uno enviar a los inversores un mensaje sobre los márgenes de poder del presidente para realizar cambios económicos y otro a los gobiernos provinciales desde el “no hay plata” a la disputa en el Congreso por el ajuste compartido, porque sin votos no hay ley y sin ley no habrá plata. En este contexto con una victoria pírrica en sus hombros hubo que pagar un costo y fue el de ceder partes importantes de la propuesta que al comienzo se consideraban innegociables para el gobierno. Ahora habiendo ganado tiempo lo que necesita el presidente es ver si su Ministro de Economía acierta con la inflación y con el dólar. En concreto, lo que se espera que él consiga. La discusión en el Senado pondrá nuevamente a prueba la capacidad de adaptación del Presidente. Es el ámbito donde tallan más los gobernadores y habrá que ver también cómo impacta la experiencia vivida en diputados en la relación entre el oficialismo y los bloques “dialoguistas”. Es muy probable que se venga una disputa muy importante por el poder. Si Milei privilegia sus ideas por sobre la realidad, chocara frente a ella. Los gobernadores van a sufrir una caída significativa en sus ingresos por coparticipación y en la sociedad empieza a calar el efecto “mecha corta”. Por otro lado, más allá del poroteo político, el mercado sigue de cerca al gobierno y su capacidad de llevar adelante su programa económico. Si hay algo que no le sobra a la argentina es tiempo. Salvo el espectáculo brindado en diputados que pareciera todo lo contrario, al gobierno tampoco le sobra. Y lo cierto es que todavía estamos sin plan y lo que estamos viendo hasta el momento son medidas que intentan apagar los incendios, mientras se espera que aparezca lo que verdaderamente importa, el plan económico. En los últimos diez años argentina tuvo nueve ministros de economía, está claro que el problema es político. ¡Y hay que solucionarlo!

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